miércoles, 25 de junio de 2008

Inicios de siglo


La ciénada de los inicios del Siglo fué fertilizada con giracinos, semillas de girasoles con pelos de porcinos. Las hordas, luego de ingerir la deliciosa carne de los cerdos salvajes y jabalíes que poblaban pesadamente las praderas, sacrificaban innumerables hojas de girasoles en rituales donde se derramaban impiadosamente, la savia vegetal de estos indefensos organismos.

Chorreantes del verde líquido vivificante, los humanos hórdicos se entregaban a largas orgías que consistían en arrancar con ferocidad, las altas plantaciones de girasol que miraban hacia el oriente cuando la clepsidra les marcaba un horario vespertino o nocturno.

Dicese que estas ceremonias unían y daban cohesión a los grupos que muchos siglos después, se fueron recorganizando en tribus en torno a otras víctimas ceremonias, como la soja o los viñedos de cepa enana.

Estas bacanales se pierden en los confines del tiempo. Solo podemos aquí sorprendernos con detalles baladíes cuyo anecdotario es bien comentado en anónimos cafés literarios y tabernas de mala muerte.

Algunos escribanos y boticarios aún sostienen que todo se trata de un delirio barrial originado por la falta de hechos políticos relevantes.

martes, 24 de junio de 2008


¿Desde cuando este vagar de genes por las piernas de guerrero paleolíco de sus padres, por los vientres fértiles como Eleusis de sus abuelas?
Algo le decía que sería él, Athys, quién organizaría las hordas dispersas entre obeliscos y bosques de gigantes.
No bajaría de ninguna montaña con un decálogo ni había sido rescatado de las aguas, como tantos...
Era de una generación de artistas urbanos deambulando entre la fetidez de los subterráneos y el deseo de un aroma de manzanos que nunca más deleitaría su olfato.
La nostalgia se le había incrustado entre los omóplatos como dos manos de mujer sangrando, ya no deseaba y su idea de pantano lo perseguia en sueños como un viento saturado de luciérnagas y saurios...
Giró en su caballo y regresó hacia las torres de la acrópolis pensando en su madre.

La Supay


-Vengo de una ciènaga luminosa donde la gente se sentaba por las noches al contraluz de los olivos a oir la rotaciòn de los astros-decía la polizonte del Espacio

Y se reclinaba sobre el cielo violeta a pronunciar palabras como nàcar, astilla o astrolabio; a cantar canciones inventadas y esperar que el diablo se aparezca con su poncho y su guitarra por la otra esquina de la casa...


La memoria de las tribus en el Siglo de la Rosagrana era de ésta 'Supa oracular' de cuyo cuerpo brotaban todas las palabras.


Mucho después la multitud fué mutando a la búsqueda de un Horizonte que los llenó de ajenidades.

Intención de caos


Al principio, no fuè solamente el Carbono. Fueron los cataclismos de vientos solares, las pleamares, las 20 lunas de jùpiter, los clarìsimos manantiales, la retina del lepardo, la piel tribal de mis antepasados... Segundos despuès, naciò el poema, la intenciòn de caòs, la estrella polar, las psiquis aladas dàndose contra la sed del alma.

Una Troya a sus espaldas


Una Troya a sus espaldas, había dejado a Agripa y los hierofantes, y a la quinta madre capaz de poner en fuga a la Hidra de mil cabezas.
¿Eran galopes de corceles en su memoria, o simplemente pasos apurados hacia un horario de oficina?
En esa 'megaurbe' que logró adoptarlo, amamantarlo de formularios y asfalto, erotizarlo de carteles sensuales con el nombre de las empresas auspiciantes, sus sentidos llegaban al paroxismo entre aviones de cabotaje, taxis urgentes y salas de teatro alfombradas de peluquines coquetos.
El aroma a spaguettis con estofados de carne roja, le provocaba un agudo vacío en la boca del estómago y su corcel de potencia infinita, con las crines esplendidas se deslizaba suelto en la memoria.

lunes, 23 de junio de 2008

¿adonde acuden?


Hacia las torres sobrevuelan sin pasos, montados en sus agendas y celulares, caballos a caballo, relucientes, marchan...

(Yo los veo irse manchada de betùn y tinta china.)

¿Adonde acuden sus gamulanes negros, sus zapatos de equinos alfombrando las veredas de la 'megaurbe' erizada de bocinas y fracasos de amor?


Eran tristes

Decían que provenían de los árboles, pero no fué cierto,
Eran organismos gregarios que buscaban aquello que no saben. Cada vez miraban menos sus manos y más sus agendas en los telefonos celulares. Se agrupaban en edificios, lugares públicos y calles para comentar a cuanto cerró la moneda en auge.
Acostumbraban ensordecerse con sustancias naturales en cuyo poder esperaban alegrarse. Discutían siempre por nimiedades.
Les gustaba decir que eran tristes y hablar de sus bondades. Sus tribus se contaban por millares y estaban mas alllá de los campos que rodearon, hasta el Siglo Granate, sus ciudades.

Nieves internas


Tribales y urbanos sentían la unión como un hilo delgado sobre el cual caminaba lento un jaguar atigrado.
Su propia historia los había despojado de símbolos, mitologías y arcos. Era inútil todo esmero por recordar antiguas calles, geometrías de edificios y parques, nombre de ilustrisimos abogados escritos en carteles indicadores, líneas subterráneas por donde hace siglos se desplazaban hacia el trabajo.
Entonces sostenían por deidades, automóviles, computadoras y celulares, hablaban en lenguaje breve y cortante pero algunos seguían practicando el ancestral hábito de saludarse con las manos.
En aquel tiempo podían amarse, eran mas bellos y animales.
Las nieves internas no habían infectado los pulmones y sus retinas eran parte de los cerebros humeantes. Veían con ansiedad gran parte de las realidades y sus miedos no perseguían horizontes en fuga, eran solo temores de no llegar a tiempo o de ser abandonado...
Entonces eran seres bellos y animales.

Al fin


Así la tribu siguió avanzando sin fin, hacia un horizonte escurridizo donde una rosa negra difuminaba su tentación de pétalos.
Eran seres resistentes al calor y la contaminación acústica, sin embargo, a medida que se acercaban en tropeles a la rosa, un incendio líquido brotaba de sus vasos. Los corceles blancos iban manchandose de un carmesí lascivo que chorreaba hasta sus ijares soberbios dándoles un aspecto irreal.
El ritmo cardíaco de los galopares se volvía ensordecedor...