
Así la tribu siguió avanzando sin fin, hacia un horizonte escurridizo donde una rosa negra difuminaba su tentación de pétalos.
Eran seres resistentes al calor y la contaminación acústica, sin embargo, a medida que se acercaban en tropeles a la rosa, un incendio líquido brotaba de sus vasos. Los corceles blancos iban manchandose de un carmesí lascivo que chorreaba hasta sus ijares soberbios dándoles un aspecto irreal.
El ritmo cardíaco de los galopares se volvía ensordecedor...
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